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sábado, 10 de octubre de 2009

V)LA MOROCHA GRIS SEDUCE AL MÚSICO ERRANTE

Las mesas rebasan de palabras y de pocillos, de vasos y vasitos que brillan áureos o plateados bajo la tenue luz festiva.
No suele haber esta clase de visitas en el Splendid. Pero hoy es el cumpleaños de Ricardo, amo y señor del bar. Y entonces, ha querido agasajarlos con música en vivo. Una banda. Profesionales, prolijos, eficientes músicos. Jazz amable, pop divertido, algo de rock liviano en el pináculo de la audacia. Baladas románticas, boleros y por supuesto la infaltable algarabía sincopada que invite a correr las mesas y abrir la noche al baile.
En el Club las opiniones están divididas. La Morocha Gris, el Ruso y Mónica están dispuestos a cerrar por ese viernes la lectura de sus textos (y a evitar la escucha de los que pudieran venirse perfilando de boca de los otros) o a dejar de lado cualquier discusión que navegue desde Todorov pasando por Chomsky, Foucault, Derrida, Sartre, el Círculo de Praga, el temprano ultraísmo borgeano, la pertenencia del “best seller” al género literario, las letras machistas de los tangos (Mónica dixit), el fundamentalismo feminista como medida del universo (Gustav dixit) hasta “la mano de Dios” de Diego, los previsibles exabruptos de las vedettes y modelos en sus beligerancias televisivas, la superioridad del tinto sobre el blanco o alguna confesión inesperada.
Tony no se expide. Ya va por su tercera ginebra y antes se había despachado unas cuántas Guinness. Si hay mujeres, para el negro “no ha lugar” cualquier protesta y que se venga la joda.
Gustav y Pérez ya avisaron que se retiran, apenas terminen con sus copitas de Legui, con rumbo probable a Adrogué, a pesar de que Mónica y la Morocha deslicen en el aire el mote de traidores. Fernando, el filósofo, que esa noche visitaba de sorpresa a sus amigos es posible que les siga los pasos.
En cuánto al Poeta Oscuro, no emite opinión. Pérez y Gustav esperan de él un gesto desdeñoso que lo sitúe entre los fugitivos. Pero el Poeta (cuya afición por la fiesta que se aproxima es menos creíble que la “Teoría del derrame”) calla y se aquieta en su rincón. Está visto que esa noche no se moverá del Splendid aunque tampoco habrá de participar en la celebración.
-Nosotros nos vamos- dice Gustav, de pie junto a Pérez y Fernando.
-Bye entonces…saluda con ironía Mónica…
Gustav finge que no le molesta el sarcasmo de Mónica y dirigiéndose al Poeta Oscuro, le pregunta a quemarropa
-¿Venís Poeta?
El Poeta Oscuro responde lacónicamente
-No, Gustav. Me quedo.
Irritado por las risitas de Mónica y desconcertado por la actitud del Poeta, Gustav se encamina hacia la salida. Pérez y Fernando, lo siguen en silencio.
El Splendid se va habitando de extraños, que al principio miran atónitos a los nativos, los náufragos habituales, los que todos los viernes pueblan con su desconcierto las mesas del bar, pero luego las barreras parecen derrumbarse al son de la generosa bebida que hoy corre ligera por las mesas.
El Poeta Oscuro busca un rincón alejado y oscuro. La Morocha Gris lo advierte y se acerca sigilosa
-A mí no me engañás… ¿O me vas a decir que te quedaste por la fiesta?
-No, Negra, sabés que no
-¿Y entonces?
El Poeta responde sin mirarla
-Simplemente hoy no tengo lugar. No tengo ganas de hablar. Y si vuelvo a casa, será para encontrar otra vez el fantasma de ella….otra vez allí. Porque hay días que son peores. Hay días en que ella es todo lo que puedo pensar.
- No hablemos de ella, entonces. Pero al menos, supongo, podrás escuchar un momento a tu amiga.
El Poeta se vuelve y ahora sí la mira asombrado.
-Claro Negra… ¿Qué te pasa?
-Nada malo. ¿Ves ese señor que está detrás del teclado?
-Sí. Lo veo.
-Ese es Alejandro.
-¡No jodás! ¡Ese es tu músico errante!
La Morocha Gris suelta su risa inconfundible.
-Y esta noche, Poeta, esta noche no se me escapa.
El Poeta dibuja una sonrisa, esa sonrisa que nunca abandona su crónica tristeza
-Andá Negra…y suerte.
-No voy a necesitar de la suerte, Poeta.
Dicho lo cual, la Morocha Gris se incorpora y vuelve al ruedo.
El Poeta Oscuro se abandona en su cubículo, en ese intersticio que los fastos de la noche dejaron olvidados en un rincón del Splendid.
Pronto la música irrumpe feroz, los gritos acompasados, las palmas batiéndose en la algarabía.
El Poeta saca su anotador y comienza a escribir febrilmente.

La Morocha Gris camina hacia su mesa. Tiembla en su cuerpo la imagen de una tarde. Las manos y la boca del Músico Errante recorriéndola, la tormenta de su cabellera deshecha sobre los pechos, la saliva de perlas en los labios, las lenguas en el ijar quejumbroso de tanta soledad, desordenada en el piso, como la ropa dispersa sobre el suelo de la habitación.
Pero en su magnífica impostura, nadie advierte que ella trae ahora, disimulado en el bullicio trivial, en el sonar de los instrumentos disciplinados tras los acordes exactos, en los gritos de algarabía que reclaman la canción esperada, aquél recuerdo salvaje, voraz y tantas veces desdichado. La Morocha, como una bailarina que no toca el piso con sus pies, gira y se sienta. El Músico Errante parece perdido en el teclado, sus ojos se mueven y aletean por encima del atril y tampoco alguien puede percibirlo. Él no ha apartado su mirada de ella, de aquel recuerdo que también lo atraviesa. Alejandro, se sabe desnudo, aunque su oficio y su temple arranquen un aplauso cuando los dedos vuelan sobre el piano y la guajira explota entre los cuerpos que bailan sudorosos. Se sabe desnudo ante ese par de ojos que no se apartan de él y que lo persiguen a lo largo de la noche y se hunden inclementes en su humanidad cuando arranca con “The long and winding road”.
Mónica y el Ruso, bailotean en la pista improvisada, entre la gente que ahora parece calmar su vehemencia. Cuando Alejandro cierra con la última nota, levanta la vista y ya sin reparos, los ojos felinos se encuentran en la penumbra, se encuentran en sus ansias y en la pasión herida de lo que alguna vez abrió las puertas, luego cerradas por él y su fuga inexplicable.
La Morocha Gris y el Músico Errante se sostienen la mirada. El recuerdo está temblando ahora en el cuerpo de Alejandro, ese recuerdo de una tarde dónde fue amado con una furia desesperada.
A la hora en que todo se termina, cuando de los invitados no queda más que un pequeño grupo disperso y los músicos han terminado de cargar instrumentos y equipos en la camioneta, Alejandro, se vuelve y se acerca a la mesa donde la Morocha Gris bebe, inmutable. Mónica dormita y el Ruso, bosteza.
El Músico Errante se siente. La Morocha lo mira y sonríe.
-Estuve recordando –dice él
La Morocha Gris suelta su risa estrepitosa. Alejandro, prosigue
-¿Qué planes tenías para esta noche?
La Morocha lo mira desafiante. Le toma la mano, juega con sus dedos y le dice
-Es tarde. Me iba a dormir.
-¿En la cama atrapahombres? –dice él
Ella ríe nuevamente. Se pone de pie. Las manos siguen enlazadas. Alejandro también se levanta con torpeza. Salen.
El Ruso y Mónica, se sobresaltan, pero nada dicen.
La calle se abre en abanico y la silueta de dos cuerpos y una única sombra cae a los pies del último farol. La Morocha ha tomado por asalto al tiempo y a las hogueras de rouge y de cigarrillos incandescentes. Ahora habrá besos con aliento a alcohol y fiebre, mientras la madrugada se desnuda en un solo y único impulso.
El Ruso se levanta de la mesa. Mónica lo imita.
En el fondo del bar, contra el ventanal que da a la avenida, el Poeta Oscuro lee absorto y aún corrige algo en su cuaderno.
Mónica se acerca y le dice
-Nos vamos, Poeta. ¿Venís?
El Poeta asiente sin decir palabra.
Pronto los tres están caminando, sin rumbo fijo.
El Ruso rompe el silencio
-Es como una ruleta. Esta noche ganaron algunos y a nosotros tres…a lo mejor nos tocó perder.
-Fue bueno mientras duró –dice Mónica con su habitual ironía.
-Siempre es así, Mónica –dice el Poeta.
Mónica lo mira con una sonrisa burlona
-¡Dejate de joder! ¿Otra vez estuviste escribiéndole?
El Poeta calla. La noche se está desvaneciendo, deshecha en una bruma veloz e indescifrable.

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